Cita

No es nadie, señor, soy yo – Octavio Paz, El laberinto de la soledad, 100 años

Recuerdo que una tarde, como oyera un leve ruido en el cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta: “¿Quién anda por ahí?” Y la voz de una criada recién llegada de su pueblo contestó: “No es nadie, señor, soy yo”.
No sólo nos disimulamos a nosotros mismos y nos hacemos transparentes y fantasmales; también disimulamos la existencia de nuestros semejantes. No quiero decir que los ignoremos o los hagamos menos, actos deliberados y soberbios. Los disimulamos de manera más definitiva y radical: los ninguneamos. El ninguneo es una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno. La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno.

El laberinto de la soledad. Octavio Paz

Cita

El ramo azul – Octavio Paz, 100 años

Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
-No se mueva , señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara pregunte:
-¿Qué quieres?
-Sus ojos, señor –contestó la voz suave, casi apenada.
-¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
-No tenga miedo, señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.
Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.

El ramo azul. Cuento. Octavio Paz

Cita

Maravillas de la voluntad – Octavio Paz, 100 años

A las tres en punto don Pedro llegaba nuestra mesa, saludaba a cada uno de los concurrentes, pronunciaba para sí unas frases indescifrables y silenciosamente tomaba asiento. Pedía una taza de café, encendía un cigarrillo, escuchaba la plática, bebía a sorbos su tacita, pagaba a la mesera, tomaba su sombrero, recogía su portafolio, nos daba las buenas tardes y se marchaba. Y así todos los días.

¿Qué decía don Pedro al sentarse y al levantarse con cara seria y ojos duros? Decía:

—Ojalá te mueras.

Maravillas de la voluntad. Cuento. Octavio Paz.

George Bernard Shaw on religion – The God Delusion by Richard Dawkins

There is little evidence that religious belief protects people from stress-related diseases. The evidence is not strong, but it would not be surprising if it were true, for the same kind of reason as faith-healing might turn out to work in a few cases. I wish it were not necessary to add that such beneficial effects in no way boost the truth value of religion’s claims. In George Bernard Shaw’s words,

“The fact that a believer is happier than a skeptic is no more to the point than the fact that a drunken man is happier than a sober one.”

Taken from The God Delusion by Richard Dawkins, 2006

What geniuses really are: Stephen King – On Writing

“Shit, most geniuses aren’t able to understand themselves, and many of them lead miserable lives, realizing (at least on some level) that they are nothing but fortunate freaks, the intellectual version of runway models who just happen to be born with the right cheekbones and with breasts which fit the image of an age.”

Taken from On Writing by Stephen King, 2002

On continuous revolution – Henry Kissinger On China

Mao outlined his vision on China in perpetual motion:

“Our revolutions are like battles. After a victory, we must at once put forward a new task. In this way, cadres and the masses will forever be filled with revolutionary fervour, instead of conceit. Indeed, they will have no time for conceit, even if they like to feel conceited. With new tasks on their shoulders, they are totally preoccupied with the problems for their fulfillment.”

Taken from On China by Henry Kissinger

An alternate route to psychology?

A hundred years ago, a bold researcher fascinated by the riddle of human personality might have grabbed onto new psychoanalytic concepts like repression and the unconscious. These ideas were invented by people who loved language. Even as therapeutic concepts of the self spread widely in simplified, easily accessible form, they retained something of the prolix, literary humanism of their inventors. From the languor of the analyst’s couch to the chatty inquisitiveness of a self-help questionnaire, the dominant forms of self-exploration assume that the road to knowledge lies through words. Trackers are exploring an alternate route. Instead of interrogating their inner worlds through talking and writing, they are using numbers. They are constructing a quantified self.
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